El golpeteo de los botes de basura era melodía para sus oídos. Le recordaba dos cosas: que ya era hora de despertarse para cumplir con sus actividades diarias y que seguía vivo. Decía: -el día que ya no lo escuche, es porque ya estaré muerto-; sonrió para sí, orgulloso de su planteamiento. Saludó a los recolectores de basura, quienes sin dejar de hacer su trabajo, le devolvieron el saludo efusivamente. Se estiró y se dispuso a darle 3 vueltas al parque como ejercicio que le servía para espabilarse y mantenerse en forma. Cuando terminó, se metió a la tina con todo y ropa; siempre hacia eso ya que aprovechaba y de una vez la lavaba y la ponía a secar. Luego, desnudo, le encantaba pararse y sacudirse todo el cuerpo como lo hacen los perros al secarse, -Es la mejor manera- decía.
Cada vez que agarraba su uniforme la felicidad lo embriagaba, había sido en los últimos cinco años su vía de escape de una vida vacía que se estaba extinguiendo. Su trabajo le había dado una razón para vivir, luego de que su amada Quelita había fallecido. Al principio hizo lo que todo hombre hace cuando pierde a su pareja de toda la vida: beber y beber hasta perderse, beber para olvidar, beber para recordarla, beber para ahogar las penas, beber para no sentir ese vacío en el corazón y el estomago, beber porque el cuerpo lo pedía, beber para no morir de la tristeza, beber para no llorar y luego llorarla cada vez que bebía.
Un día cuando caminaba sin rumbo fijo, ensimismado en sus recuerdos, un carro por poco lo atropella al sacar la trompa ya que el conductor no veía si venían vehículos para que pudiera cruzar. Brincó del susto porque lo agarro desprevenido, pero al entender lo que había sucedido, volteó la cara y al ver que no veía nada, hizo un ademan con la mano para que el vehículo pudiera pasar. El chófer agradecido con el gesto y quizá con el sentimiento de culpa, bajó su ventana y le obsequio un par de monedas... y ahí empezó todo; al poco rato ya estaba dirigiendo el transito. Todas las mañanas se paraba en el mismo sitio y ayudaba a la gente a cruzar esa esquina tan complicada, ayudaba a los vehículos en el crucero a cambio de algunas monedas y lo hacía bien. Era muy querido y respetado por la gente de la ciudad que le agradecían el gesto, los policías lo querían porque los accidentes habían disminuido considerablemente desde que él se paraba en la esquina y además tenía dinero para comer y seguir viviendo.
Sacó su uniforme del armario de madera natural, lo colocó con cuidado en la silla y con toda la paciencia y maestría de un relojero suizo fue vistiéndose. Había conseguido el uniforme del velador de una antigua construcción; era viejo pero le gustaba el porte y gallardía de su acabado. Antes de partir, elevó los ojos al cielo y le pidió a Quelita que lo cuidara una vez más. Se paró en la fonda que trabaja 24 horas y ahí se refinó algunas frutas y un pedazo de pan y se dirigió caminando alegremente a su esquina de siempre.
Pero ese día la esquina le tenía deparada una sorpresa. Cuando llegó y lo vio, un frío intenso le recorrió la espina dorsal: ahí, parado en su esquina, se erguía con su uniforme amarillo, nuevo, brillante, reluciente. Dirigía el transito como nadie y no podía competir contra él. Cabizbajo se dio la vuelta y arrastrando sus pies regreso a casa. Se desnudó, se metió en la tina y ahí se quedó llorando su desgracia, pensando que pasaría con él, ¿que haría a la mañana siguiente?
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El camión de la basura lo hizo regresar a la realidad. Aunque nunca dormía, el limbo en el que se sumergía le proporcionaba la paz y el descanso que su cuerpo necesitaba, la droga hacia el resto. Cuando volteó a ver a su esposa, sumida en un sueño profundo, el enojo se apodero de él. Con toda la intención del mundo se estiró y le propinó un codazo seguido de un perdón casi imperceptible y que ella nunca oyó, simplemente se volvió a acomodar y siguió durmiendo. Se levantó, picó un gramo en la mesa del comedor y con un billete aspiró profundamente hasta no dejar rastro alguno. Se dirigió a la regadera y se bañó como lo hacen todos los hombres: solo huevos, sobaco, nalgas y pelo. Luego se vistió de mala gana, harto del maldito uniforme de policía. Volteó a la cama antes de salir y con un corte de manga, le mentó la madre a su esposa, sumida en un profundo sueño. Caminó hasta la fonda que trabaja 24 horas y ahí se enteró de la noticia. Mientras desayunaba el dueño le informaba que había amanecido muerto el vagabundo que vivía en la colonia. Se había ahogado en la fuente del parque, probablemente de tan borracho que estaría. -Gracias a Dios que se murió ese malviviente- dijo el dueño de la fonda molesto, ya que todas las mañanas le revolvía los botes de basura buscando comida y la dejaba toda tirada.-Puta Madre- pensó el policía -Voy a tener que sacar el cuerpo de ese borracho asqueroso de la fuente- dijo.
Ahí, junto a la fuente, estaba el uniforme de vigilante nocturno perfectamente doblado y al otro lado, colgándose al sol en las ramas de un árbol, ropa andrajosa y llena de remiendos. Tres cuadras más adelante, una esquina estrenaba semáforo a solicitud de los vecinos, cansados de ver tanto accidente en la cuadra....

2 comentarios:
Después de leerlo, he llegado a la conclusión que usted es un minucioso de las palabras. Es detallista en su prosa, muchas imágenes. Se nota la fuerte tendencia al cine, muy descriptivo, y constructor de atmósferas. Felicidades. Seguiré leyendo tan pronto publique.
M2ATK
que bueno está!
quiero leer otro
:)
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